Desde pequeña, siempre se me incentivó a ser una buena estudiante. Mi madre, en particular, me transmitió la importancia de tener una carrera profesional. La idea de ser una profesional universitaria era algo evidente y natural. Llegado el momento de elegir una carrera universitaria, mi formación superior comenzó con una elección peculiar que sorprendió a muchos, considerando mi antecedente de una formación escolar de índole humanista, terminé matriculada en la carrera de Ingeniería en Información y Control de Gestión.
Aunque mis pasiones e intereses en ese momento no eran sólidos, sí existían, pero no cumplían con las expectativas o requisitos del resto, ya fueran familiares o sociales. Las carreras de mis intereses iniciales, como animación e idiomas, se consideraban poco viables debido a su costo y a la percepción de una proyección laboral incierta en sus respectivas industrias. La incertidumbre sobre la posibilidad de encontrar trabajo en el futuro y lograr estabilidad laboral a largo plazo rodeaba estas opciones.
En aquel momento, enfrenté un dilema: debía elegir una carrera universitaria. Fue entonces cuando el sistema educativo me presentó una lista de opciones, y entre ellas, Ingeniería en Información y Control de Gestión destacaba por su prestigio y por ser accesible con mi puntaje. Sin tener una comprensión completa de lo que implicaba esta disciplina, y optando por ella a través de un proceso de descarte, al acercarme e informarme de qué se trataba la carrera, descubrí que era una disciplina relativamente nueva en el mercado. Esta carrera prometía una proyección y alcance amplio tanto en el ámbito laboral como en la retribución económica. Apuntaba a la formación de ingenieros capaces de unir las gerencias, lo que se reflejaba en nuestra malla curricular de estudio. Esta malla era similar a la de los ingenieros comerciales, pero con dos materias adicionales desde el primer semestre: programación y contabilidad. Esta combinación única me pareció sumamente interesante en aquel momento, lo que finalmente me convenció de tomar este camino.
Así, la decisión de estudiar esta carrera no fue el resultado de una pasión previa o un interés profundo en el campo de la ingeniería, sino más bien una elección pragmática basada en los resultados de mi prueba de ingreso.
En retrospectiva, al mirar hacia atrás en ese período de mi vida, puedo reconocer que me faltaba tener una mayor confianza en mí misma. En aquel entonces, enfrentaba numerosas inseguridades y dudas sobre mi futuro y mis capacidades. Hoy me doy cuenta de que gran parte de esto es debido a que me faltó descubrirme como persona en mis gustos y pasiones, y vivir más auténticamente como adolescente.
Mirando hacia atrás, tengo la sensación de haber estado en un capullo hermético en el que no me permití ser quien realmente era. Estaba demasiado preocupada por cumplir con las expectativas de ser una buena hija y una buena estudiante, sin reflexionar mucho sobre quién era yo o quién quería ser. El contexto familiar en ese momento tampoco favorecía la exploración personal, ya que era muy consciente de las dificultades que atravesábamos como familia y me esforzaba por ser un apoyo, sobretodo, para mi madre.
Hubiera deseado tener una mayor seguridad en muchas áreas de mi vida en ese momento. Sin embargo, ahora comprendo que es parte natural del proceso de crecimiento y desarrollo personal, así como del contexto que a cada uno le toca vivir.
Reflexionando hoy, esta experiencia es una de las tantas que he vivido, que me han enseñado la importancia de la confianza en uno mismo, el tiempo para el autodescubrimiento y la conexión, así como del proceso de empoderamiento de la vida de uno mismo.
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